El grito

El grito

Por David Otero

 

 

Me sorprendí yo misma. Me sorprendió ella. Estaba con mi mejor amiga. Fuimos a pasar a la casa de campo el fin de semana aprovechando que no estaría nadie de mi familia. Junio entraba en seguida y la luz de los días era una carta de invitación a disfrutar de la naturaleza.

Al cabo de una hora y media de coche, llegamos justo después de la hora de comer. Nos pusimos a deshacer nuestras bolsas de mano y nos fuimos a la piscina a pasar la tarde allí. Estaba limpia y recién acondicionada. Nadamos. Tomamos el sol en top-less- la piscina estaba rodeada de setos de madera de boj así que no había riesgo de mirones-. Más allá de los setos había toda una colección de árboles frutales: limoneros, manzanos, caquis, perales, etc. También se hallaban estanques rodeados por enmohecidos bancos y mesas de piedra para sentarse y merendar. Un par de magnolios gigantes y cedros del Himalaya regalaban su sombra.

Bebimos té helado. Hablamos de todo. Hablamos de nada. Pusimos música chill-out en una minicadena. El sol en nuestros cuerpos. Las sucesivas zambullidas. Nos fuimos relajando poco a poco.

Volvimos a la casa para ducharnos y cambiarnos. Era una casa de piedra hecha en el siglo XIX. Una de las paredes de la fachada estaba completamente cubierta de hiedra inglesa, de arriba abajo. Sólo la amplia ventana moderna se libraba de la enredadera.

Ella se duchó primero. Yo me quedé tirada en la cama de mi cuarto, donde estaba el baño, esperando que ella acabase para ducharme yo. Cuando salió envuelta en una toalla tamaño XXL de color amarillo limón, entré yo.

El suelo del baño estaba húmedo. Me quité el bikini y lo puse en el toallero. Entré en la ducha, que era rectangular, con espacio para tres personas y de mampara de cristal transparente. La alcachofa era cuadrada, muy grande, con filtros de carbón activo. Girando una palanquita se regulaban los tipos de chorro. Azulejos de mosaico azul celeste con líneas de inspiración griega decoraban las paredes del baño. Abrí el agua. A tope. El vapor empezó a brotar en el interior de la mampara. Puse la cabeza debajo del chorro y me estremecí. El cálido manto líquido envolviéndome. Los músculos destensándose.

Después de un minuto, oí un ruido. Sonaba dentro del cuarto de baño. Entonces me giré y ví que ella estaba desnuda al lado de la mampara. Sonreía.

- Quiero ducharme contigo- me dijo.

- Pensaba que ya lo habías hecho…

 Se metió sin esperar más respuesta.

Yo tenía el bote de gel de lavanda en la mano y ella extendió la suya para que yo le echara. Cuando estaba poniendo el bote de nuevo en la repisa de la pared, comenzó a acariciarme las tetas con el gel.

- Que estás haciendo?- le dije.

- Lo que siempre he deseado…

Estaba amasando mis pechos suavemente. Con la punta del dedo índice empezó a pulsar mis pezones. Bajó hasta mi vagina rasurada. La frotó con sus dedos empapados en gel. Notaba sus pechos voluminosos pegados a mi espalda. Ella acariciaba mi pubis, mis muslos, mis ingles…

- Me gustaaaaa…

Había metido desde detrás su dedo medio dentro de mí y daba vueltas alrededor de mi clítoris. Separé más las piernas. Apoyé las manos sobre el mosaico y mi tronco se dobló hacia delante.

- Me gusta muuuuucho…

Se arrodilló. Yo sabía hacia donde estaba yendo. Yo me giré y me puse de frente a su cara. Besó mi vagina. Al principio la lamía lenta y delicadamente. Los labios mayores, el pubis…No tenía prisa, pero tampoco pausa. Después separó los labios con los dedos pulgar e índice y su lengua exploró más profundo…Mis dedos se sumergieron en su melena mojada y acercaron su cabeza a mi vagina.

- Dale, daleeee…dije yo.

Se incorporó y nos dimos un beso prolongado. Por primera vez en mi vida pude paladear mi aroma genital en los labios de otra persona. Nuestras lenguas se comunicaban, se hablaban si palabras. Un diálogo de locura, de amor, de silencio. Una conversación de esperanza, una declaración de intenciones, de juegos prohibidos.   

Me fui deslizando hacia el suelo de la ducha por los azulejos.  Quedé tumbada y alcé las caderas para que ella pudiese chuparme más cómodamente.  Ella usaba su lengua con fruición, con renovado ahínco, con esmero. Se afanaba en absorber mi esencia, en libar de mi manantial.

- Lo hago bien? Me preguntó levantando un poco la cabeza.

- Siiiiiiii…

Luego cambió el ritmo. Puso el turbo y aceleró más su chupeteo.

La hendidura de mi sexo se convirtió en el epicentro de un volcán, en un tobogán por el que descendía sin freno, de pronto me hallaba en un mundo nuevo, como Alicia en el país de las maravillas, y allí estaban la Oruga, la Liebre de Marzo, el Sombrerero Loco, el Gato de Cheshire sonriendo, el Conejo Blanco y hasta la Reina de Corazones…

Me incorporé y quedamos yo a cuatro patas y ella debajo.  Desplacé mi pelvis a centímetros de su boca. Se puso a darme un beso de colibrí….nunca lo había experimentado.  Sin saberlo, mi amiga abrió la caja de pandora de un incendio de placer, de un tsunami de voluptuosidad, un huracán de sensaciones.

Mi ano se transformó en un molusco bivalvo que se abría en la marea de la tarde, en un barquito flotando en medio de la tempestad, en una planta carnívora que devoraba el insecto incauto, en el vientre de la ballena que engulló a Jonás durante tres días…

El agua caliente seguía cayendo encima de nuestros cuerpos. El vapor, que se había extendido por todo el baño, nos impedía ver con claridad. Todo era remolino, todo era niebla, todo era fuego. El vapor era el deseo que nos envolvía, que nos consumía.

Después introdujo dos dedos en mi vagina. Empezó a frotar el clítoris briosamente…mi reacción la excitó y lo hacía como poseída. Un relámpago estalló en mi columna vertebral. Estaba viniendo. Ya no había freno. Me puse a gritar.Todo mi ser se hizo sexo y el sexo se hizo grito, un grito salvaje y profundo, primario, que surgió de mi garganta incontrolado…

Fue el orgasmo de mi vida. Me pongo cachonda al recordarlo…Y eso que ha pasado ya tiempo. Pero un solo momento puede expandir nuestra psique y nuestro cuerpo. Una ducha compartida con tu mejor amiga. Un grito.