La noche

La noche

Por David Otero

 

 

Era en la noche donde hallábamos paz y alegría. Era en la noche cuando vivíamos de verdad. Cuando de verdad sentíamos, ella y yo. La noche era la libertad. Era la patria de los seres libres, de los enamorados. De ella, Alba, y yo, Yaiza.

Estaba en la cocina cenando. Recordaba cuando la conocí. Yo estaba hecha un desastre. Fue gracias a ella que recobré la salud y la estabilidad emocional. Le debía tanto, tenía tanto que agradecerle. Yo era un cadáver, una zombi muy bien adornada y honorable. Pero por dentro estaba vacía, todo se había convertido en un absurdo juego banal. Para mí, como para muchas otras escritoras con éxito, el estado de ánimo era de desesperación. La vida sonaba a hueco. Y me negaba a aceptar la carga de ira que había en mi interior y que me estaba envenenando. Me había instalado en un “quartier” llamado enfado. Tenía muchas cosas materiales, pero me daban lo mismo, no tenía a nadie a quien mirar a los ojos…

Y un día, una conversación entre artistas de Facebook, que se convierte en una discusión…una frase mía benévola, defendiéndola a ella y mediando entre los que estaban enzarzados, y ella que me agrega inmediatamente después. Hojeé sus fotos en su perfil y me fijé en su frescura y su belleza. Quise conocerla cuanto antes y le envié un mensaje privado. Ella trabajaba en una galería de arte de Toulouse. Quedamos para el día después y al día siguiente, a media mañana, me acerqué hasta la galería. Ella estaba preparándose un té en el fondo del local, en una especie de cocinilla para los empleados. Cuando se volvió y me miró, se quedó clavada en el sitio. Nos pusimos a hablar sobre los cuadros que se hallaban expuestos en ese momento y cuando le tocó cerrar la galería la acompañé un rato paseando.

A los pocos días quedamos para ir juntas a la playa fluvial. Llegamos al río en su coche y nos tumbamos en la arena. Nos pusimos en topless las dos. Ella me habló de sus inquietudes como actriz, de la obra de teatro que estaba preparando. No estaba segura de estar a la altura del papel. Yo la animé y le comenté que si ensayaba duro seguro que lo acabaría bordando.

Al despedirnos ese día nos intercambiamos los móviles y la semana siguiente fuimos a cenar a un precioso restaurante con terraza cerca del río. La que atendía las mesas nos oyó hablar en español, y nos dijo que ella era andaluza. Bromeamos con ella al elegir en el menú. Alba dijo: “La señora” va a tomar una ensalada de arroz –refiriéndose a mí, y yo dije: “La joven” va a tomar un revuelto de espárragos –refiriéndome a ella…Al mes siguiente se mudó a mi piso a vivir conmigo…

Después de una cena ligera a base de queso fresco y pasta, fui al amplio salón a sentarme a leer. Leía y de vez en cuando miraba por el ventanal el cielo nocturno. Había encendido una lámpara de la mesilla de al lado de uno de los sofás y apagado el resto de las luces. De esta forma, el salón quedaba en penumbra, la estancia se transformaba. La noche lo transformaba todo. Se escuchaba mejor el tic tac del reloj sobre la repisa de la chimenea. El resto era silencio en el apartado barrio residencial de Toulouse.

Al cabo de un par de horas de lectura, Alba vino al salón. Llevaba puesto un albornoz blanco y su largo pelo moreno aún estaba mojado por haber tomado un baño de espuma. Se tumbó boca abajo a mi lado en el sofá, con sus antebrazos apoyados en una de mis piernas. Apoyó también el mentón en mi muslo y cerró los ojos. Estábamos en silencio. Yo seguía leyendo unas páginas del final de un capítulo. Y ella estaba en silencio, tumbada a mi lado con los ojos cerrados, sin decir nada.

Mi mano comenzó a recorrer el albornoz que cubría su cuerpo. Lentamente, llegué a extremo inferior de la prenda y tiré hacia arriba con suavidad. La mitad de su terso culo quedó al aire. Comencé a acariciarlo con mi mano derecha mientras leía la última página del capítulo del libro. Retiré más hacia arriba el albornoz. Ahora podía acariciar todo su culo y un poco de su zona lumbar, hacia los lados. Seguí moviendo mi mano en círculos, y busqué con mi dedo corazón los labios mayores de su vagina. Ella empezó a reaccionar. Rozando sus labios vaginales con la yema de mi dedo, sin ninguna prisa, sin ninguna pausa. Después incliné mi cabeza para besar su zona lumbar, con besos que recorrían de un lado a otro su piel suave y fresca. Seguí besándola hacia abajo, hasta cubrir de besos todo su culo. Apoyé mi mejilla sobre su nalga izquierda y me quedé así, reposando serenamente.

Al cabo de un rato, levanté la cabeza y simultáneamente Alba se giró boca arriba. Abrí el albornoz tirando del cinturón para soltarlo, y ella sacó los brazos por fuera de las mangas, cayendo la prenda como una manta sobre el sofá. Arrodillada a su lado, ella tumbada boca arriba, comencé a besar su cintura y sus costados, hasta llegar a su pecho izquierdo. Empecé a lamerlo con la lengua extendida cerca de su pliegue, moviendo la lengua hacia el centro. Fui hacia su pezón y lo empecé a chupar suavemente. Noté en mi lengua como el pezón se fue poniendo duro mientras lo chupaba. Cuando ya estaba bien duro, abrí mi mandíbula para abarcar más superficie de teta, y mordí apretando no muy fuerte. Mordí otra vez, y otra, y otra más, y ella empezó a gemir…

Luego subí hasta su cuello. Ella giró el rostro hacia la derecha y yo comencé a besar el lado izquierdo de su cuello, suavemente al principio, después cada vez más intensamente. Comencé a chupar apretando la piel de su cuello, quería hacerle un chupetón. Ella se retorcía en el sofá mientras yo me perdía en su cuello.

A continuación, ella tomó la iniciativa…Me quitó la camiseta y el pantalón de chándal. Su boca empezó a besar mi cuello, después mis pechos, después mi vientre, después mi pubis, después mis ingles. Mientras descendía, su mano no había dejado de acariciar mi pubis. Yo me puse estirada hacia atrás, boca arriba en el sofá. Alba seguía besando mis ingles y mi pubis. Me incorporé, puse las manos sobre sus hombros y la fui acompañando con un movimiento de rotación mientras se giraba, dándome la espalda, poniéndose a cuatro patas sobre el sofá. Entonces la penetré con mis dedos desde detrás, acariciando al mismo tiempo uno de sus pechos con la otra mano. Su vagina estaba caliente como un horno. El fuego estaba empezando a agitarse, las llamas a subir. Durante quince minutos estuvimos así, moviéndonos. Moviéndonos cadenciosamente.

Después ella se levantó, se volvió de cara a mí y empezó a chupar mi teta izquierda con fruición. Nos tumbamos en el sofá, yo boca arriba y ella encima, y nos acariciamos mientras nuestras lenguas se frotaban. Con su dedo corazón de la mano derecha ella hacía pequeños círculos en mi vagina, dentro de mí. Yo introduje dos dedos en su vagina y empecé a moverlos dentro y fuera rápidamente. Nuestros pezones se rozaban y nuestros pechos se comprimían entre sí, su par contra mi par. Poco a poco íbamos excitándonos cada vez más, hasta que ella me dijo:

- ¡Me corro! ¡Me voy a correr!

Yo frené un poco el movimiento de mis dedos en su vagina y me concentré en su dedo que me penetraba más y más adentro. Las contracciones empezaron a llegar al cabo de medio minuto. Yo también me iba a correr. Nos íbamos a correr juntas las dos. Reanudé el movimiento de mis dedos con brío y firmeza y ahí ya ella se corrió entera, gimiendo. El flujo desbordó su vagina y se derramó sobre sus muslos y los míos. Yo ya no podía parar. Había cruzado el punto de no retorno y mis músculos vaginales se contrajeron primero una vez, a los pocos segundos otra más y después llegó un orgasmo como un torrente de lava ardiendo que sale de un volcán en erupción.

Quedamos así, tumbadas una encima de otra en el sofá, jadeando después del clímax. Nuestros cuerpos estaban bañados en sudor. Nos abrazamos.

- Venga, Cherie, vamos a la cama –le dije yo.

Nos incorporamos lentamente, Alba cogió su albornoz y yo mi camiseta y el chándal, que estaban caídos en el parquet al lado del sofá. Apagué la luz de la lámpara del salón y caminamos por el pasillo hacia el dormitorio.

Nos metimos en la cama, desnudas y satisfechas, todavía perladas de sudor. Dormiríamos profundamente. La noche seguiría su curso. Y el día vendría detrás.