Conchita (parte II)

Conchita (parte II)

Por David Otero

 

 

Me puse el pantalón, la camisa y los mocasines y bajamos otra vez a su piso. El perrito seguía en la habitación del pasillo y ladró otro poco cuando nos sintió llegar.

Yo dije:

-Tranquilo, tigre!

Ella me dijo:

-No te preocupes, es muy nervioso!

Fuimos a la cocina y preparó infusión de hierbaluisa para los dos. Yo me senté al lado de una mesa recubierta de un hule de plástico blanco y negro con dibujos de copas de vino y palabras escritas en francés: vin blanc et vin rouge. Me fijé en el pantalón color crema que ella llevaba puesto, y en la blusa negra que transparentaba un sujetador negro de encaje. Ella se dio la vuelta y atendió a los fogones para retirar el agua, que ya empezaba a hervir.

Tomamos la infusión tranquilamente, sin prisa y sin hablar. De vez en cuando Conchita me miraba a los ojos y sonreía.

-Tienes los ojos verdes!

-Pues sí, ¿no te habías dado cuenta?

-Claro que me había dado cuenta…

Conchita se levantó de la silla de la cocina y se acercó hasta mí.

-Vamos al dormitorio!

-A donde quieras, guapa…

Sentí como su ego de hembra quedaba henchido por mi piropo. Nos fuimos de la cocina y avanzamos por el pasillo, ella delante y yo detrás. En la pared había colgado un cuadro muy grande de un torero, un óleo bastante impresionante. Me llamó la atención y, picado por la curiosidad, le pregunté:

-¿Y este?

-Ah, es un antepasado, muy muy antiguo, del siglo XIX.

-¡Vaya!

-Por eso mi padre fue un gran aficionado a la tauromaquia.

-¡Olé! –dije yo, con una pizca de ironía…

Conchita abrió la puerta de su dormitorio y encendió la luz. Había una cama de matrimonio y un armario empotrado con puerta corredera de espejo. Al momento pensé que Conchita no era tan recatada como parecía por la calle. Ese espejo podía dar mucho juego, al reflejar siluetas de placer. Tanto mejor, pensé para mis adentros.

Comencé a desabrochar su blusa y me fui girando para ponerme pegado a su espalda. Metí las dos manos por dentro del sujetador negro. Las llené de sus pechos, dos frutas maduras que desprendían un aroma lechoso, dulce. Conchita echó la cabeza hacia atrás y sus ojos buscaron los míos. SU lengua asomó un poco por entre sus labios. Iba al encuentro de la mía. Juntas, se deshicieron en saliva. Juntas, se frotaban y tocaban una y otra vez. Conchita empezó a desnudarme de nuevo, desabrochándome los pantalones y sacando mi polla fuera. Yo deslicé los dedos por dentro de su pantalón. Solté el botón. Bajé la cremallera. Mi mano buceaba en sus bragas hasta tocar con la punta de los dedos los labios mayores de su vagina. Mi dedo medio se abría paso buscando el clítoris, mientras notaba como su caverna se iba humedeciendo. Mi dedo buscaba y se movía más adentro.

Así, pegados en uno al otro, nos arrimamos al borde de la cama. Terminé de quitarle la blusa y el pantalón. Ella me quitó el pantalón de los tobillos. Me quité la camisa, medio desabrochada ya, y la tiré al lado del armario con espejo. Nos tumbamos en la cama y estuvimos besándonos y frotándonos, ya desnudos, dando a la piel todo el espacio, todo el tiempo.

Desnudos de toda distancia. Desnudos de miedo, desnudos de sospecha. Éramos dos pieles que se tocaban, dos brazos que se acariciaban, dos corazones que se hablaban sin recurrir a las palabras. Chupaba sus pezones ávidamente y ella masturbaba mi polla con su mano derecha. Me puse de rodillas y fui girándola, agarrándola por la cintura, hasta que se puso a cuatro patas, con la cabeza apoyada en un cojín que estaba sobre la colcha. Mi polla estaba ya muy cerca de su vagina. Mis manos bajaron hasta la altura de sus caderas y apretaron firmemente. Entonces la penetré.

-Mmmmm…me gusta…dijo Conchita.

Empujé suavemente. Y volví a empujar. Cada vez un poco más fuerte. Cada vez más rítmicamente, hasta que el movimiento se hizo continuo, ligero. Estaba dentro de ella, absorbiendo su frescura. Ella quería recibir la mía hasta lo hondo de su ser. Con mi mano derecha agarré su teta, que se balanceaba a cusa del impulso de nuestro placer. Seguía embistiendo. Conchita respiraba entrecortadamente, y extendía  los brazos sobre la cama para estirar su espina dorsal al máximo, hundiendo su cabeza en el cojín. Yo estaba de rodillas, moviéndome con fluidez. A veces añadía un poco de giro a la penetración, rotando el sacro y las lumbares

Ella acogía mis embates, muy húmeda ya, a pesar de su edad. Notaba como, muy poco a poco, sus flujos vaginales entraban en juego. Conchita gemía con la cabeza hundida en el cojín. Yo asía firmemente sus caderas y seguía moviéndome, penetrándole con brío y ritmo. Era como una locomotora en marcha, bajando por un valle a toda máquina. Sentí que me estaba a punto de correr. Ella también lo notó porque empezó a moverse contra mí, para intensificar la penetración al máximo. Seguía empujando y metiéndosela, no quedaban más que segundos antes de llegar al clímax. Conchita gemía más alto. Sus brazos se extendieron hacia atrás y con sus manos a cada lado, se abrió las nalgas mientras yo empezaba a gemir, entregado a un orgasmo como pocos había tenido a lo largo de mi vida. ¿Quién iba a decir que uno de los mejores polvos de mi vida iba a ser con una sexagenaria? Vivir para ver.

Ahí se lo estaba dando, cada chorro de semen salía después del inmediatamente anterior y el gusto era inabarcable. Encorvé la espalda para poder llegar a sus pechos y los apreté mientras expulsaba las últimas gotas. Quedamos exhaustos, sudorosos y rendidos, de puro placer. Con cuidado, retiré mi polla de dentro de ella y me acosté a su lado, boca arriba en la cama.

-¡Que rico lo hemos hecho! –dijo Conchita.

-Sííí….-respondí yo.

Conchita me confesó después que llevaba años sin hacer el amor, y sus palabras de agradecimiento fueron muy dulces y amables. Yo le dije que no tenía importancia, pero ella dejó claro que no era así. Le había hecho volver a sentir, volver a estar viva. Le había abierto una ventana a los sentidos, una ventana que llevaba demasiado tiempo cerrada. 

Me encantó poder haberla ayudado, esa vez quedaría impresa en su memoria, ya para siempre. Esa vez fue también especial para mí. Cuando los dos amantes se entregan, el acto es pleno y bonito. Eso se percibe, esa vibración trasciende los sentidos. Después de esa primera vez, hubo muchas otras a lo largo de aquellos meses de verano. Siempre en el piso de Conchita. Pero jamás nos llamábamos, sino que cuando nos encontrábamos y ella tenía tiempo, subíamos a su casa. Era mejor así, más natural y fresco. Y Conchita podía estar tranquila, nadie se iba a imaginar a lo que subíamos.

Se acabó el verano y comenzó un otoño que acortó las horas de luz y alegría de los días. La gente salía menos a la calle. Conchita y yo no nos encontrábamos con tanta frecuencia. Conocí a una chica, Luisa, que vivía en mi calle pero unos ochocientos metros más adelante, y ya no volví a subir al piso de Conchita, aunque seguíamos saludándonos. 

Y cuando ella continuaba su ruta y yo la mía, una sonrisa me venía a los labios al pensar en nuestro atípico romance. Para mí fue un regalo inesperado y encantador. Algo dulce, como ocurre con esas personas con las que pasas un día o una tarde juntos y sabes que vais a ser amigos durante toda la vida. Porque hay una buena onda, vibración o energía. Porque lo ves en sus ojos, en su mirada, en su semblante.

Algo positivo, una persona que quiere enseñarte algo, que aprendas a vivir mejor, de forma más plena, más solidaria y humana.

Algo tierno, porque sus gemidos y caricias encendían mi pasión, su olor penetraba mis fosas nasales hasta lo más recóndito de mi cerebro, sus manos activaban mis hormonas cuando me tocaban, su tacto era sexual, así las sentía incluso cuando no estábamos haciendo el amor. Cuando me tocaba, cuando posaba su mano sobre mi piel era como si me estuviese estimulando, excitando.

Algo especial, que sabes que no es cotidiano y que tampoco iba a ser comprendido por la sociedad, que, muy al contrario, se echa las manos a la cabeza por una relación que no se ajusta a sus patrones, a sus rígidos esquemas de conducta, a sus dobles morales y triples candados sobre lo correcto o incorrecto, opiniones, convenciones y dogmas.

Algo mágico, mágico porque tiene el potencial de convertir el plomo en oro, la lija en plata, las canicas en esmeralda, las piedrecitas del zapato en diamantes, la escoba en cetro, la zapatilla en carroza, la alfombra en voladora, el paraguas en paracaídas, la ramita en flor, la tiniebla en luz y la noche en día.

Algo dulce, positivo, tierno, especial, mágico…un regalo…tal como era Conchita.