Conchita (parte I)

Conchita (parte I)

Por David Otero

 

 

Conocí a Conchita muy poco a poco. La veía pasar, siempre acompañada de su perrito caniche, por los aledaños del parque que se hallaba a dos cuadras de mi apartamento. 

Al principio no me caía muy bien. Me parecía una de esas señoras amargadas de la pequeño-burguesía provinciana que abundaba por doquier en nuestro barrio. Conversación “standard” y siempre en un tono paternalista y condescendiente. Vínculos indirectos entre nosotros, como el hecho de que en su infancia fue compañera de juegos y travesuras de una de las hermanas de mi padre, en el entorno rural de la aldea en donde este nació y fue criado. Alguna que otra anécdota de una estancia de su juventud en un estado costero de Brasil, cuando iba con muchísima frecuencia a la playa, lo que le daba pie para sermonearme sobre los peligros de la exposición al sol, a mí, que soy un playero empedernido.

Razón no le faltaba, pero todo es relativo, depende de qué fototipo hayas heredado en tus genes lo resistente y fuerte que sea tu piel en cuanto a dejarse tostar por el astro rey. No obstante era esta faceta “brasileira” lo que más me gustaba de ella, en ese período inicial de acercamiento. Me gustaba por lo exótico y colorido de una experiencia vital en ese país lleno de ritmo, música y cultura. Ya no me agradaba tanto por el tono de su cháchara, paternalista y conservador, como ya he mencionado…Los consejos que las personas mayores dan a los jóvenes no sirven de nada, por lo general. Los inmaduros -como yo- aprendemos solamente después de haber recibido el golpe de la realidad, después de habernos estrellado, una y cien veces. Toda advertencia se evapora delante del fuego de nuestras ansias de vivir. Ese fuego que únicamente arde mientras se es joven. Después, quedan las cenizas.

Fuimos encontrándonos por el parque a lo largo del invierno y la primavera. Yo volvía de las lecciones de economía que impartía en una academia, y ella iba a regalarle un paseo cotidiano a su mascota.

-¿Porqué no te compras un perro? Me preguntaba Conchita una y otra vez. Ella pensaba que con el perro lo tendría más fácil para conocer a una chica. Seguro que me veía solo, solitario, y se preocupaba. O tal vez simplemente esperaba que conociese a más gente de mi edad que también paseaba por el parque, y así hiciese nuevos amigos.

Lo cierto es que yo le contestaba siempre que no entraba dentro de mis planes lo del perro. A continuación solía preguntarme por la ya maltrecha salud de mi padre, y me daba muchos recuerdos para él. Conchita era afable, detallista y un poco cotilla. Le extrañaba que un chico como yo no tuviera novia formal ya. Quizá quería ayudarme a encontrar una. Yo le explicaba que no quería comprometerme con nadie, que estaba bien como estaba y que si me enamoraba de alguna, entonces adelante. Pero tenía que haber enamoramiento libre, un poco salvaje, para que fuese de mi gusto. Y si no se daba el caso y Cupido no disparaba sus flechas sobre mí, prefería seguir “a mi bola” que estar con alguien por estar, por evitar una soledad que es inevitable, a fin de cuentas. De hecho, las veces que me he sentido más solo en mi vida son las que he estado en pareja, justo antes de romper la relación. Esa fase del romance donde la pasión se ha agotado, donde me parece ser una cobaya dando vueltas en la rueda mientras ella aplaude y me pone pienso, donde lo que toca es crisis, traición y abandono, por este orden de factores o simultáneamente…Porque amo la libertad por encima de todo, y no hay auténtico amor si no hay libertad. Si no se da la libertad, el amor se convierte en un manicomio, un presidio, una escuela.

Así transcurrieron las semanas. Pero un día me la encontré otra vez en el parque y la conversación tomó un giro inesperado. En un determinado momento, después de haberme piropeado, llamándome guapo, Conchita suspiró y dijo:

“Ay, si tuviera veinte años menos”…

Por la forma en que lo dijo pude percibir que lo decía de corazón. Su anhelo era sincero, y me sorprendió que ardiese todavía el deseo dentro de ella. 

Intercambiamos unas cuantas frases más y nos despedimos, pero me quedó la sensación de haber presenciado una chispa de sensualidad, de carnalidad sin disimulos, directa, honesta. Una chispa especial, única, en el caso de una mujer de sesenta y un años.

Ya era verano y hacía tiempo que no me la encontraba. Yo iba mucho a la playa y volvía por la tarde-noche a mi apartamento. Así que estaba fuera la mayor parte del día. Un día de junio a eso de las ocho de la tarde, me acuerdo que era martes, me la topé en pleno cruce de peatones. Íbamos en la misma dirección y empezamos a hablar. Un vecino del barrio había tenido un brote psicótico y sus familiares lo habían ingresado en un centro de salud mental. Qué tristeza. Y eso que su familia tenía muchísimo dinero, era la más acaudalada de esta zona. Pero a veces, muchas veces, cuanto más dinero, más problemas.

Hablamos de este caso clínico y de otras cosas intrascendentes cuando estábamos llegando a su edificio, casi sin darnos cuenta. Fue entonces, ya en su portal, cuando Conchita me invitó a subir. No dijo que me invitase a cenar. Simplemente me invitó a subir. No hicieron falta más palabras. Yo le entendí…

Tomamos el ascensor. Conchita vivía en el sexto piso. Ascendíamos por el tercero aproximadamente cuando Conchita deslizó su mano hasta mi entrepierna y apretó. Me miró a los ojos con mi polla aprisionada entre sus dedos bajo el pantalón, palpando, sopesando. Conchita sonrió. Llegamos a su piso y abrió la puerta para que entrase su perrito lo primero de todo.

Conchita me dijo:

-Ven, vamos a la buhardilla, quiero enseñarte mi taller.

El perrito se puso a ladrarme, desorientado ante el hecho de que un desconocido invadiese su territorio, pero Conchita, diligente, lo llamó para que se metiese en una habitación del pasillo y cerró la puerta. El perrito se quedó tranquilo. Ya no nos molestaría. Salimos del piso tras que ella cerrase la puerta con llave y subimos las escaleras que daban al séptimo, donde se encontraban los trasteros. Abrió la puerta del tratero que le correspondía y entramos en una especie de buhardilla alargada llena de mesas, taburetes y diversos objetos, con apariencia de antigüedades.

Automáticamente me fijé en un retrato que colgaba de la pared de la puerta. Una foto de gran formato de un señor mayor, calvo por arriba y canoso por los laterales, que sonreía en mangas de camisa.

-¿Quién es este? Le pregunté.

-Es mi padre. Me contestó ella.

La expresión del rostro de su padre en la foto era relajada. Como fisonomista aficionado que soy, rápidamente identifiqué algunos rasgos faciales comunes entre el progenitor y la hija, pero no eran demasiados, afortunadamente. Conchita tenía una cara mucho más agraciada, sin duda por influencia materna. También por esta última, me parecía mucho más inteligente que él.

Conchita me enseño acto seguido un cuaderno gigantesco atado con cordeles y con tapas decoradas con marcas al agua.

-Estas son mis caligrafías- me dijo.

-Ahá.

Empecé a pasar las páginas en papel de acuarela. Estaban llenas de trazos en tinta china, unas veces en párrafos abigarrados, otras describiendo espirales o formas vegetales o geométricas, pero todas ellas con un trazo sutil, fino, casi oriental.

-Están muy bien! -no pude menos que decirle. Acabé de pasar todas las páginas y ella cerró el cuaderno y lo puso encima de una mesa del taller.

Entonces empezó a desatarme el cinturón. Yo me desabotoné la camisa, me la quité y la puse encima de una silla. Conchita lamió mis pezones y bajó su lengua por mi torso. Desabrochó los botones de la pitrina y tiró hacia abajo del pantalón, dejando libre mi polla y testículos. Mi polla se endurecía más a cada segundo.

Conchita empezó a chuparla introduciéndosela en la boca. Aún no estaba del todo erecta, pero con su boca succionando sin parar, fue llenándose de sangre hasta una completa erección. Conchita dió una chupada profunda y luego se la sacó de la boca para mirarla. Con su mano izquierda la agarró por la base y la meneó. Comenzó a masturbar mi polla suavemente. Yo cogí su mano con la mía para que dejase de hacerlo. Quería que me lo hiciese con la boca. Ella se dio cuenta y comenzó a chupar de nuevo, con más ímpetu que antes. Se empleaba a fondo en la punta y cada cuatro o cinco chupadas iba hasta el fondo, engullendo toda la polla hasta casi su base.

En un momento dado, ya con el pantalón sacado y tirado en el suelo del taller, me subí a un taburete. Me puse de pie encima con cuidado, para que Conchita no tuviese que ponerse en cuclillas para chupármela, sino que estuviese en una postura más cómoda. Ella me siguió con su boca casi sin darme un respiro. Desde el taburete veía la buhardilla mejor, todos los trastos, los lienzos, las acuarelas, los distintos muebles de madera, los cestos de mimbre, los botes con pinceles y disolvente…Miraba hacia abjao y allí estaba la cabeza nívea de Conchita moviéndose arriba y abajo, su sedoso pelo blanco cayéndole hasta los hombros. Acaricié su pelo con mi mano, hundí mis dedos en su espesa cabellera canosa.

Las mujeres de melena blanca natural tienen algo especial, algo que me atrae como una polilla a la llama. No tienen que ser mayores necesariamente, las hay que adquieren esa tonalidad antes de los cincuenta, e incluso antes de los cuarenta, en ocasiones. Son las que de jóvenes tenían el pelo muy, muy negro. Paradójico, ¿no es cierto?

Mis dedos acariciaban su pelo y la piel de su frente, su nuca, su barbilla, sus mejillas. Pasé un dedo por la sien hasta llegar a un mechón encima de la oreja derecha y me di cuenta de que llevaba un audífono puesto. Seguramente tendría un tanto por ciento de hipoacusia o sordera en ese oído. Bueno, no pasa nada, para eso están los avances tecnológicos. Seguro que en diez años sacan un aparato amplificador del sonido tan pequeño que se mete como un tapón de cera y ni se ve apenas.

Conchita seguía aplicándose con pasión. Introduje la mano por el valle de su escote para apretar uno de sus redondos pechos y le dije desde el taburete:

-Chúpame los huevos también.

Ella lamió mi polla de abajo arriba y luego, mientras la masturbaba con la mano, bajó sus labios hasta mis huevos y los atacó como una patricia romana tomando un racimo de uvas moscatel en medio de una orgía. Su lengua lamía, chupaba y retorcía. Yo experimentaba oleadas de placer que iban y venían en un ritmo variable, cambiante. El clímax estaba cerca y los dos lo sabíamos. Ella volvió a meterse mi polla en su boca y sus labios carnosos comenzaron a chuparla con brío una vez más. El calor subió por mi espina dorsal como el mercurio en un termómetro. Conchita chupaba la punta de mi polla y movía su lengua rápido alrededor. Ya no pude aguantar más. Reventé de gozo en su paladar. 

Conchita, al sentir el primer chorro de semen, dejó de chupar y empezó a masturbarme con una mano experta, mientras decía:

-Tiene que salir toda, hasta la última gota!

Y el semen seguía saliendo a borbotones mientras Conchita se pasaba el dorso de la mano por los labios.

-Uahhhh, qué pasada!-exclamé bajándome del taburete.

-¿Qué tal? ¿Bien? –respondió Conchita abriendo el grifo de un fregadero para lavarse la mano y la boca.

-De maravilla! – contesté yo, acercándome también al borde del fregadero para lavarme la polla.

-Me alegro- dijo Conchita mirándome a los ojos, mientras yo me lavaba, dándome una palmada en el culo con la mano abierta.

Continuará...