La descarga

La descarga

Por David Otero y  Andrea Viglino

 

 

Era una mañana soleada. Iba yo escuchando el batir del hormigón que transportaba en mi camión. Estaba parado esperando la lenta y tediosa descarga cuando al alzar mi vista pude ver en el patio de la acera del frente a través del tejido una morena lavando ropa a mano. Su culo y sus piernas eran espectaculares. Mi erección fue inmediata.

Sin pensarlo demasiado, crucé la calle y le pedí gentilmente si me prestaba su baño. Ella, muy simpática, me abrió la puerta de su casa. Allí me di cuenta que me miraba de la misma manera que la miraba yo. Me dirigí hacia el baño y no pude evitar clavarme una buena paja.

Salí del baño después de lavarme las manos y la cara. Ella estaba esperando y me dijo:

-Como hace tanto calor, te he preparado un té helado.

-Estupendo, muchísimas gracias- le contesté.

Fuimos hasta la cocina. Había un agradable olor a bizcocho recién hecho, que estaba cerca de una de las ventanas. Me senté en una de las sillas y al beber el primer sorbo de té me di cuenta.

-No tiene azúcar.

-Ah, perdona. Me olvidé- dijo ella. Lo tengo en el estante de arriba y casi no alcanzo. ¿Me ayudas? Ella estiró los brazos y parte de su vientre liso quedó al aire.

Me acerqué lentamente, sonriendo. Alcancé el bote de azúcar con una mano y con la otra apreté uno de sus pechos desde atrás. Ella se giró y comenzamos a besarnos ávidamente, enredando nuestras lenguas cada vez más. Mis manos, ya por debajo de su camiseta, magreaban sus tetas, pulsaban sus pezones, recorrían su espalda...

Me agarró de la mano y me condujo hasta su cuarto. Se echó en la cama y con las piernas abiertas corrió su tanga dejando al descubierto su hermosa vulva morena. Comencé a lamerla saboreando su clítoris y metiéndole mi lengua, recreándome con su rico flujo. Era parecido al sabor de la papaya. Ella se puso en cuatro y yo seguí chupándola, primero su culo y luego su concha. La tenia bien agarrada de los muslos mientras ella jadeaba y gemía.

Con la mano hundida en sus cabellos negros giré su cabeza poco a poco y la coloque en posición para meterle mi verga en su boca. Yo estaba terriblemente caliente. Ella empezó a chuparme. Lamía, se la tragaba profundo, la lubricaba con su saliva, mordisqueaba la punta mirándome a los ojos:

-Chúpamela toda!

-Chúpame los huevos!

Con una mano masturbaba mi verga y con la lengua jugaba con mis huevos. Cuando mi falo estaba a punto de explotar me detuve y le guié para que se acostara. Ella dijo:

Métemela! Métemela hasta el fondo!

Me puse encima de ella y la penetré. Comencé a moverme entrando y saliendo tratando de aguantar el calor que sentía contenido dentro de mí. Mis testículos percutían rítmicamente contra su perineo. Un volcán lleno de fulgor a punto de estallar. Lo hicimos como animales.

-Dale, dale! No pares… ¡Ya me viene!- gritó ella.

Entonces los dos simultáneamente explotamos en orgasmos y fluidos de una manera increíble.

La llené con mi leche caliente. Al cabo de un rato me vestí con calma. Ella se quedó tumbada en la cama, satisfecha. Le di un beso en la frente y volví al camión que, por cierto, ya había realizado toda la descarga…