La habitación entreabierta

La habitación entreabierta

Por Isaac Ríos Benzo

 

 

​Nos encontrábamos en la habitación de un hotel, lo recuerdo muy bien, casi todo era blanco -demasiado clarito para mi gusto- hasta su piel como su pelo rubio. La cama bastante ancha estaba como anclada a un cabecero de metal forjado con una forma muy atrayente, cómo si estuviera destinada a agarrarse de distintos tipos de forma. 

En eso que estuvimos jugando durante un buen tiempo a esos juegos de enamorados que cualquier pareja suele realizar -recorriendo nuestros cuerpos con nuestras bocas, lenguas y por supuesto dedos sin dejar un trozo sin humedecer, algunas zonas se repetían muy a menudo- muchos besos apasionados, lametones incontrolados, mordisquitos pícaros, alguna chupada o lamida concentrada pero sin llegar a acabar, de esto que te pones muy caliente y sólo deseas mucho más.., hasta que se me ocurrió un nuevo juego.

Ese día curiosamente llevaba en la maleta unas esposas con un antifaz negro, le pregunté a ella, 

– ¿Confías en mi? Contestándome, por supuesto…

– Sólo atiéndeme, yo te guiaré.

 Le dije que se pusiera con las rodillas sobre la cama como si fuera a confesarse..con ambas piernas ligeramente abiertas y con las manos en dirección al cabecero…que se agarrara a éste con los brazos los más juntos posible aún dejando una pequeña separación entre ellos. Le coloqué el antifaz negro con el que no podría ver nada, luego los grilletes cosa que no se esperaba, recuerdo como noté un gesto de asombro en su cara. Contemplé su cuerpo desnudo unos segundos, al pasar la mirada por sus pechos como pude acerqué mi boca a sus alrededores para darle unos últimos lametones bajé hasta su cadera con lamidas siguiendo por su espalda subiendo hacia su cuello al mismo tiempo que le retiraba el pelo hacia un lado.. 

En ese momento le dije, -sé que apenas puedes moverte, a lo sumo desde esta posición del perrito podrás tumbarte estirando ambas piernas. Ahora estamos tu y yo sólos pero..  si abro esa puerta y empezaran a entrar hombres de distintos tamaños y formas y llegando hasta la cama sin mediar palabra recorrieran con su boca y lengua tu espalda hombros y cuello y te la metieran uno tras otro hasta correrse…-.

Su cara de asombro lo decía todo y no decía nada.

Le dije -no digas nada shhh…- abrí la puerta y al cabo de unos segundos la cerré con fuerza (dando un portazo). Me acerqué a ella y sin abrir la boca le hice todo lo que le había propuesto intentando tocarla y besarla de forma distinta a como normalmente le tenía acostumbrada. Una vez terminé volví a abrir la puerta y esta vez duró un par de minutos abierta….

¿Quién vendría luego….?

¡Y se volvió a repetir una vez más!